La Cabaña del tÃo Tom
La Cabaña del tÃo Tom —No ha hecho nada, no es por eso. El amo no quiere vender, y el ama… siempre es buena. La he oÃdo rogar y suplicar por nosotros. Pero él le ha dicho que era inútil; que tenÃa deudas con este hombre, y que lo tenÃa en su poder. Y que, si no saldaba la deuda, acabarÃa teniendo que vender la casa y a toda la gente y marcharse. SÃ, le he oÃdo decir que no tenÃa elección entre vender a estos dos o venderlo todo, que el hombre lo habÃa puesto entre la espada y la pared. El amo ha dicho que lo siente, pero tendrÃais que haber oÃdo al ama. ¡Si ella no es cristiana y un ángel, nunca ha habido ninguno! Soy mala por dejarla de esta manera, pero no tengo más remedio. Ella misma ha dicho que una sola alma valÃa más que todo el mundo; y este muchacho tiene alma y, si dejo que se lo lleven, ¿quién sabe que será de ella? Debe de ser lo correcto, pero si no lo es, ¡que Dios me perdone, porque no tengo más remedio que hacerlo!
—Bien, viejo —dijo la tÃa Chloe—, ¿por qué no te vas también? ¿Vas a esperar a que te embarquen rÃo abajo, adonde matan a los negros de trabajo y hambre? ¡Antes me morirÃa que ir allÃ! Tienes tiempo… márchate con Lizy… tienes salvoconducto para ir y venir cuando quieras. ¡Venga, date prisa! Yo juntaré tus cosas.
Tom levantó despacio la cabeza, miró triste pero serenamente alrededor y dijo: