La Cabaña del tÃo Tom
La Cabaña del tÃo Tom —¡No, no! Yo no me voy. Que se vaya Eliza, está en su derecho. Yo no le dirÃa que no se fuera, no está en su naturaleza quedarse; pero has oÃdo lo que ha dicho. Si hay que venderme a mà o a toda la gente de la casa, y todo se tiene que ir al traste, pues ¡que me vendan a mÃ! Supongo que puedo soportarlo como cualquiera —añadió, el pecho sacudido convulsivamente por una especie de suspiro o sollozo—. El amo siempre me ha encontrado dispuesto, y siempre me encontrará. Nunca he traicionado su confianza, ni he usado el salvoconducto para nada que no fuera honorable, y nunca lo haré. Es mejor que me vaya yo solo que disolverlo y venderlo todo. No es culpa del amo, Chloe; él te cuidará a ti y a los pobres…
En esto se volvió hacia la burda carriola repleta de cabecitas lanudas y se desmoronó. Se apoyó en el respaldo de la silla y se cubrió el rostro con las grandes manos. Unos sollozos roncos, fuertes y desgarrados sacudieron la silla y grandes lágrimas cayeron al suelo a través de sus dedos; lágrimas como las tuyas, lector, que regaron el ataúd de tu primogénito; lágrimas como las tuyas, lectora, cuando oÃste el llanto de tu hijo moribundo. Porque él era un hombre, lector, y tú eres otro. Y tú, lectora, aunque lleves seda y joyas, no eres mas que una mujer y, en las grandes desgracias y adversidades, todos sentimos la misma pesadumbre.