La Cabaña del tío Tom
La Cabaña del tío Tom La pobre mulata cuya sencilla fe fue casi aplastada y destruida por el alud de crueldades y agravios que le había caído encima sintió cómo su alma era elevada con los himnos y pasajes de la Sagrada Escritura que este humilde misionero le susurraba al oído a ratos mientras iban o volvían del trabajo; e incluso la mente medio enloquecida y extraviada de Cassy se serenaba y tranquilizaba bajo su influencia discreta y espontánea.
Espoleada a la locura y la desesperación por los sufrimientos abrumadores de la vida, Cassy se había prometido muchas veces en su alma que llegaría su hora de retribución, en la que su mano se vengaría en su opresor por todas las injusticias y crueldades que había presenciado o padecido en su propia carne.
Una noche, cuando todos los de la barraca de Tom estaban sumidos en el sueño, de repente le despertó la visión del rostro de ella por el agujero entre los troncos que hacía las veces de ventana. Le hizo un gesto silencioso para que saliera.
Tom se acercó a la puerta. Era entre la una y las dos de la madrugada, una noche serena iluminada por la luz de la luna. Tom observó, cuando la luz de la luna cayó sobre los grandes ojos negros de Cassy, que tenían una mirada extraviada y peculiar, diferente de su habitual desesperación permanente.