La Cabaña del tío Tom
La Cabaña del tío Tom El alma entera de Tom se desbordaba de compasión y lástima por los pobres desgraciados que lo rodeaban. Le parecía que sus sufrimientos en este mundo ya habían acabado y tenía ganas de compartir algo del extraño tesoro de paz y jubilo que le había llegado desde lo alto, para aliviar los sufrimientos de ellos. Era verdad que había pocas ocasiones; pero en el camino de ida a los campos y en el de vuelta y durante las horas de trabajo tuvo oportunidades de echar una mano a los cansados, descorazonados y abatidos. Al principio, a las pobres criaturas agotadas y embrutecidas les costaba comprender esto; pero como continuó, semana tras semana y mes tras mes, empezó a estimular dentro de sus corazones adormecidos cuerdas largo tiempo calladas. Poco a poco e imperceptiblemente, el extraño hombre paciente y tranquilo, que estaba dispuesto a llevar la carga de todos y nunca pedía ayuda a nadie, que cedía el paso a todo el mundo y se ponía el último, que cogía menos que nadie y sin embargo era el primero en compartir lo poco que tenía con cualquiera que lo necesitara, el hombre que, en las noches de frío, daba su ajada manta para hacer más cómoda alguna mujer que tiritaba por la fiebre, y que llenaba las cestas de los más débiles en el campo, con el terrible riesgo de quedarse corto él en su propio peso, y que, aunque lo perseguía con una crueldad sin tregua su tirano común, nunca se unía a ellos para pronunciar una palabra de oprobio o blasfemia; este hombre, al fin, empezó a ejercer un extraño poder sobre ellos; y cuando pasó la temporada alta y se les permitía de nuevo emplear los domingos como quisieran, muchos se reunían para que él les hablara sobre Jesús. Les hubiera gustado reunirse en algún lugar para oírlo y rezar y cantar; pero Legree no lo permitía y en más de una ocasión dispersó tales intentos con juramentos y terribles maldiciones, de modo que las crónicas divinas tenían que pasar de boca en boca. Sin embargo, ¿quién puede expresar con qué sencilla alegría algunos de estos pobres desterrados, para los que la vida era un viaje sin placeres a una oscuridad desconocida, recibían noticias sobre un Redentor compasivo y un hogar celestial? Los misioneros han declarado que, de todos los pueblos de la tierra, ninguno ha recibido el Evangelio con tanta docilidad y tanto anhelo como el africano. El principio de confianza y fe incondicional, que es su base, es un elemento más innato en esta raza que en ninguna otra; y a menudo ha ocurrido entre ellos que una semilla de verdad dispersa, llevada accidentalmente por una brisa hasta los corazones más ignorantes, ha dado tantos frutos que su abundancia ha avergonzado a los de cultura más elevada y hábil.