La Cabaña del tío Tom
La Cabaña del tío Tom En el agujero que había en una madera de la buhardilla, introdujo el cuello de una vieja botella de forma que, cuando soplaba el viento más ligero, producía unos gemidos lo más lúgubres y tristes imaginables, que, con un viento más fuerte, aumentaban hasta convertirse en unos perfectos aullidos, que, para un oído crédulo y supersticioso, bien podrían parecer chillidos de horror y desesperación.
Estos sonidos llegaban de vez en cuando a oídos de los criados y sirvieron para reavivar con toda su fuerza el recuerdo de la vieja leyenda del fantasma. La casa pareció llenarse de un espanto tétrico y supersticioso; y aunque nadie se atrevió a decírselo a Legree, él se vio envuelto en su atmósfera.
No hay nadie más supersticioso que un hombre ateo. El cristiano se consuela con su creencia en un Padre sabio y todopoderoso, cuya presencia llena de luz y orden el vacío de lo desconocido; pero para el hombre que ha destronado a Dios, los dominios de los espíritus son realmente, en palabras del poeta hebreo, «unas tierras de tinieblas y la sombra de la muerte», sin orden, donde la luz es oscuridad. La vida y la muerte son para él zonas fantasmales, frecuentadas por figuras espectrales de tenebroso espanto.