La Cabaña del tÃo Tom
La Cabaña del tÃo Tom —¡Habla claro, zorra! —dijo Legree.
—¡Oh, nada! A ti no te quitarÃa el sueño, supongo. ¡Sólo gemidos y gente forcejeando y rodando por el suelo de la buhardilla la mitad de la noche, desde las doce hasta el amanecer!
—¡Gente arriba en la buhardilla! —dijo Legree, soltando una risotada forzada, a pesar de su nerviosismo—. ¿Y quienes son, Cassy?
Cassy levantó sus agudos ojos negros y miró a Legree a la cara, con una expresión que le llegó hasta la médula, mientras dijo:
—Realmente, Simon, ¿quiénes son? Me gustarÃa que me lo dijeras tú a mÃ. ¡Tú no lo sabes, supongo!
Con un juramento, Legree hizo ademán de golpearla con su fusta, pero ella se deslizó hacia un lado y salió por la puerta, donde, volviéndose, dijo:
—Si quieres dormir en esa habitación, te enterarás. ¡A lo mejor deberÃas probarlo! —y cerró inmediatamente la puerta y giró la llave.
Legree despotricó y juró y amenazó con tirar la puerta abajo; pero parece que se lo pensó mejor y se marchó inquieto al salón. Cassy se dio cuenta de que su dardo habÃa dado en el blanco y, a partir de ese momento, con una habilidad exquisita, no dejó de atormentarle con la serie de insinuaciones que habÃa dejado caer.