La Cabaña del tÃo Tom
La Cabaña del tÃo Tom —¿Por qué no? No existen los fantasmas, ¿sabes? ¡Vamos! —y Cassy subió rápidamente por la escalera curva, riéndose y mirándolo a él—. ¡Vamos!
—¡Creo que eres el mismo diablo! —dijo Legree—. ¡Vuelve aquÃ, bruja! ¡Cass! ¡No vayas!
Pero Cassy rió enloquecida y siguió adelante. Él la oyó abrir las puertas de la buhardilla. Bajó una fuerte ráfaga de viento, apagando la vela que sostenÃa él en la mano y transportando los terribles aullidos sobrenaturales, que parecÃan sonar en su mismo oÃdo.
Legree corrió frenético al salón, adonde, unos momentos más tarde, lo siguió Cassy, pálida, tranquila, frÃa como un espÃritu vengador y con la misma luz temible en los ojos.
—Espero que estés satisfecho —dijo ella.
—¡Maldita seas, Cassy! —dijo Legree.
—¿Por qué? —preguntó Cassy—. Sólo he subido a cerrar las puertas. ¿Qué crees que le pasa a esa buhardilla, Simon? —preguntó.
—No es de tu incumbencia —dijo Legree.
—¿Ah, no? Bien —dijo Cassy—, en cualquier caso, me alegro de no dormir debajo.
Sabiendo que se iba a levantar viento, esa misma tarde Cassy habÃa subido a abrir la ventana de la buhardilla. Por supuesto, en cuanto abrió las puertas, la corriente bajó en una ráfaga y apagó la vela.