La Cabaña del tÃo Tom
La Cabaña del tÃo Tom —¡No jures! —dijo Cassy—; a saber quién te escucha. ¡Oye! ¿Qué ha sido eso?
—¿Qué? —preguntó Legree, sobresaltado.
Un viejo y pesado reloj holandés, que estaba en una esquina de la habitación, empezó a dar las doce.
Por algún motivo, Legree no habló ni se movió; fue presa de un vago terror; Cassy, con un brillo agudo y burlón en los ojos, se quedó mirándolo, contando las campanadas.
—¡Las doce! Ahora veremos —dijo ella, y, volviéndose, abrió la puerta que daba al pasillo y se quedó como escuchando.
—¡Escucha! ¿Qué es eso? preguntó, levantando un dedo.
—Sólo es el viento —dijo Legree—. ¿No oyes lo fuerte que sopla el condenado?
—Simon, ven aquà —dijo Cassy en un susurro, poniéndole la mano sobre la suya y llevándolo al pie de la escalera—; ¿sabes qué es eso? ¡Escucha!
Un chillido salvaje resonó en la escalera. ProcedÃa de la buhardilla. A Legree le temblaban las piernas; su cara se volvió pálida de miedo.
—¿No deberÃas ir a por tus pistolas? —dijo Cassy, con un escarnio que heló la sangre a Legree—. Es hora de investigar este asunto, ¿sabes? Me gustarÃa que subieras ahora; están haciéndolo.
—¡No voy! —dijo Legree con un juramento.