La Cabaña del tÃo Tom
La Cabaña del tÃo Tom Tom no habló.
—¡Habla! —dijo Legree, pegándole con furia—. ¿Qué no sabes nada?
—Lo sé, amo, pero no puedo contar nada. ¡Estoy dispuesto a morir!
Legree aspiró largamente y, casi juntando su rostro con el de él, dijo con voz terrible:
—¡Escucha, Tom! Tú crees que porque te he dejado escabullirte antes, no hablo en serio; pero esta vez estoy decidido, he calculado el precio. Siempre te has enfrentado a mÃ; ahora, una de dos, o te someto o te mato. Contaré cada gota de sangre que tienes en las venas y te las sacaré una a una, hasta que te rindas.
Tom miró a su amo y respondió:
—Amo, si usted estuviera enfermo, o en un apuro, o muriéndose, y yo pudiera salvarle, le darÃa voluntariamente la sangre de mi corazón; y si sacar cada gota de sangre de este pobre cuerpo viejo fuera a salvarle el alma, se la darÃa de buena gana, tal como el Señor dio la suya por mÃ. ¡Ay, amo, no cargue su alma con este gran pecado! ¡Le hará más daño a usted que a mÃ! Haga lo peor que haga, mis penas acabarán pronto; pero, si usted no se arrepiente, ¡las suyas no acabarán jamás!