La Cabaña del tÃo Tom
La Cabaña del tÃo Tom Ninguna de estas palabras salvajes llegó a sus oÃdos; una voz más elevada decÃa: «No temas a los que matan el cuerpo, pues después no hay nada más que puedan hacer». Los nervios y los huesos del cuerpo del pobre hombre vibraron ante esas palabras, como si los hubiera tocado la mano de Dios; y sintió la fuerza de mil almas en la suya. A su paso, los árboles y los arbustos, los barracones de su servidumbre, todo el escenario de su degradación parecÃa desenvolverse ante sus ojos como el paisaje desde un coche veloz. Su alma se estremeció… su hogar estaba a la vista… la hora de su liberación parecÃa aproximarse.
—Bien, Tom —dijo Legree, acercándose a él, cogiéndole furioso por el cuello de la chaqueta y hablando entre dientes en un paroxismo de cólera—, ¿sabes que estoy decidido a matarte?
—Es muy probable, amo —dijo Tom con serenidad.
—Estoy —dijo Legree, con un sosiego tétrico y horrible— decidido… a… eso… mismo, Tom, si no me cuentas lo que sabes de estas muchachas.
Tom permaneció en silencio.
—¿Me oyes? —dijo Legree, dando una patada al suelo y rugiendo como un león exasperado—. ¡Habla!
—No tengo nada que decirle al amo —dijo Tom, con un acento lento, firme y deliberado.
—¿Te atreves a decirme, viejo cristiano negro, que no lo sabes? —preguntó Legree.