La Cabaña del tío Tom
La Cabaña del tío Tom Tanto Sambo como Quimbo, aunque se odiaban entre sí, estaban unidos en su odio también cordial hacia Tom. Al principio Legree les contó que lo había comprado para hacer de supervisor general en su ausencia, lo cual había dado pie a una inquina por parte de ellos, que había aumentado, debido a sus naturalezas degradadas y serviles, al ver cómo se granjeaba Tom el desagrado de su amo. Por lo tanto, Quimbo se marchó muy a gusto a cumplir la orden.
Tom escuchó el recado con una premonición en el corazón, pues conocía los planes de huida de las fugitivas y dónde se ocultaban actualmente; conocía el carácter mortífero y el poder despótico del hombre al que tenía que enfrentarse. Pero se sintió fuerte en el Señor para ir a la muerte antes que traicionar a los desvalidos.
Dejó su cesta junto al surco y, mirando hacia arriba, dijo: —En Tus manos encomiendo mi espíritu. ¡Tú me has redimido, oh Señor Dios de la verdad! —y se entregó tranquilamente a las rudas y brutales manos con las que lo agarró Quimbo.
—¡Ay, ay! —dijo el gigante, arrastrándolo—. ¡Te vas a enterar! ¡Seguro que el amo está furioso de verdad! ¡No te vas a escabullir ahora! ¡Te digo que te vas a enterar, ya lo verás! ¡A ver qué efecto hace ayudar a escapar a los negros del amo! ¡Ya verás la que te va a caer!