La Cabaña del tÃo Tom
La Cabaña del tÃo Tom —SÃ, porque ya lo creo que le gusta renegar —dijo Mandy, la de los rizos—. Lo oà ayer en la cena. Lo oà todo entonces, pues me metà en el armario donde guarda el ama las jarras grandes y oà cada palabra —y Mandy, que en su vida habÃa pensado en lo que significaba cada palabra que oÃa más que si fuera un gato negro, adoptó un aire de sabidurÃa superior y se pavoneaba por ahÃ, olvidando añadir que, aunque se encontraba realmente enroscada entre las jarras a la hora mencionada, estuvo profundamente dormida todo el tiempo.
Cuando por fin apareció Haley con sus botas y sus espuelas, le llovieron las malas noticias de todas partes. No decepcionó a los bribonzuelos del porche, que esperaban oÃrlo «renegar», al hacerlo con una fluidez y un calor que deleitaron a todos sobremanera, mientras saltaban de un lado a otro fuera del alcance de su fusta; y, todos gritando, se desplomaron en un revoltijo de risotadas sobre el marchito césped de debajo del porche, donde patalearon y dieron voces hasta hartarse.
—¡Si pudiera coger a esos pequeños diablos! —murmuró Haley entre dientes.
—¡Pero no nos puede coger! —dijo Andy con un aspaviento de triunfo, dirigiendo una sarta de muecas indescriptibles a la espalda del desgraciado tratante, fuera ya del alcance de sus oÃdos.