La Cabaña del tío Tom
La Cabaña del tío Tom El buen párroco de Amherstberg, donde George había tomado tierra, se interesó tanto por las declaraciones de Madame de Thoux y Cassy que cedió a la petición de aquélla de acompañarlas a Montreal para buscarlos, corriendo ella con los gastos del viaje.
El escenario cambia ahora a un pequeño y aseado bloque de viviendas en las afueras de Montreal; la hora, el atardecer. Un alegre fuego arde en el hogar; la mesa, cubierta con un níveo mantel, está puesta para la cena. En un rincón de la habitación hay una mesa cubierta con una tela verde, con una escribanía abierta, plumas y papel y encima un estante con unos libros cuidadosamente elegidos.
Era el estudio de George. El mismo afán por mejorarse que le había impulsado a aprender a escondidas las codiciadas artes de la lectura y la escritura cuando era niño le seguía animando a dedicar todo su tiempo libre a su propia educación.
En este momento está sentado a la mesa, tomando apuntes de un volumen de la biblioteca familiar que ha estado leyendo.
—Vamos, George —dice Eliza—, has estado todo el día fuera. Deja ese libro y charlemos mientras preparo la cena, venga.
Y la pequeña Eliza secunda la petición acercándose con pasos inseguros a su padre e intentando arrancarle el libro de las manos para colocarse en su regazo.