La Cabaña del tĂo Tom
La Cabaña del tĂo Tom —¡Eh, brujilla! —dijo George, cediendo como lo harĂa cualquier hombre en las mismas circunstancias.
—Eso está bien —dijo Eliza, al empezar a cortar rebanadas de una barra de pan. Parece algo mayor, un poco más llena y más matrona de aspecto que antaño, pero evidentemente tan feliz como cualquier mujer.
—Harry, muchacho, ¿qué tal el problema de aritmética de hoy? —preguntó George, poniendo la mano sobre la cabeza de su hijo.
Harry ha perdido sus largos rizos, pero nunca perderá aquellos ojos y aquellas pestañas o la frente alta y noble, que se ruboriza de triunfo cuando contesta:
—¡Lo he hecho todo yo solo, padre, y nadie me ha ayudado!
—Eso es —dijo su padre—; sĂłlo confĂa en ti mismo, hijo. Tienes más posibilidades de las que tuvo tu pobre padre.
En este momento se oye una llamada a la puerta; Eliza va a abrirla. Su entusiasmada exclamación «¡Oh, es usted!» atrae a su marido, quien da la bienvenida al buen pastor de Amherstberg. Hay dos mujeres con él y Eliza las invita a sentarse.
Bien, si hemos de decir la verdad, el honrado pastor habĂa preparado un pequeño programa de cĂłmo tenĂa que desarrollarse el acontecimiento; mientras subĂan, se habĂan exhortado unos a otros a no revelar el secreto enseguida sino a seguir el plan previsto.