La Cabaña del tío Tom
La Cabaña del tío Tom El Libetador
George Shelby había escrito sólo unas líneas a su madre para decirle en qué fecha podía esperar su regreso. No se hizo el ánimo de escribirle sobre la muerte de su viejo amigo. Lo intentó varias veces pero sólo conseguía emocionarse, y acababa invariablemente rompiendo el papel, enjugándose las lágrimas y refugiándose en algún lugar tranquilo.
Un alegre bullicio recorría la mansión de los Shelby aquel día en espera de la llegada del joven señorito George.
La señora Shelby estaba sentada en su cómoda sala, donde un alegre fuego de nogal templaba la fría tarde de finales de otoño. La mesa estaba puesta para la cena, centelleante de plata y cristal tallado, y nuestra vieja amiga Chloe era la encargada de los preparativos.
Ataviada con un vestido nuevo de percal, un limpio delantal blanco y un alto turbante bien almidonado, su negro y lustroso rostro reluciente de satisfacción, se dilataba en los arreglos de la mesa con una meticulosidad innecesaria, simplemente buscando una excusa para hablar con el ama.