La Cabaña del tío Tom

La Cabaña del tío Tom

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—Mis queridos amigos —dijo George en cuanto consiguió que se callaran—, no hay necesidad de que me dejéis. Hacen falta tantos trabajadores como antes para llevar la hacienda. Necesitamos a tantas personas en la casa como antes. Pero ahora sois hombres y mujeres libres. Os pagaré por vuestro trabajo el salario que acordemos. La ventaja es que, si yo me endeudo o muero —cosas que podrían ocurrir—, ya no os pueden vender a vosotros. Espero mantener la hacienda y enseñaros lo que quizás os cueste algún tiempo aprender: cómo usar los derechos que os concedo como hombres y mujeres libres. Espero que seáis buenos y dispuestos a aprender; y confío en que Dios me haga a mí constante y dispuesto a enseñar. Y ahora, amigos, mirad a lo alto y dad gracias a Dios por la bendición de la libertad.

Un anciano patriarca, que había envejecido y se había quedado ciego en la hacienda, se levantó y, alzando la mano temblorosa, dijo:

—¡Demos las gracias al Señor!

Se arrodillaron todos a una y nunca se elevó a los cielos un Te Deum más sentido y conmovedor, aunque le faltase el clamor del órgano, las campanas y los cañones, que el que salió del corazón honrado de ese anciano.

Otro se levantó y arrancó a cantar un himno metodista, que venía a decir:

«Ha llegado el año del jubileo,


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