Vida de los doce Cesares

Vida de los doce Cesares

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XVII. Al final acabó por romper su alianza con Marco Antonio, siempre vacilante e incierta, y recompuesta a medias tras diversas reconciliaciones. Y para demostrar más palpablemente que éste se había apartado de las costumbres cívicas, ordena abrir y leer desde la tribuna de los oradores el testamento de Antonio, que éste había dejado en Roma, y en el que entre sus herederos nombraba también a los hijos tenidos de Cleopatra. Sin embargo, a pesar de haber sido declarado enemigo público, envió junto a él a todos sus parientes y amigos, entre otros Cayo Sosio y Cneo Domicio, quienes eran todavía los cónsules en aquel momento. A los habitantes de Bolonia les dispensó también públicamente de sumarse al juramento de toda Italia de luchar en su favor, porque desde hacía mucho tiempo formaban parte de la clientela de los Antonios. No mucho después, lo venció en la batalla naval junto a Accio[19], pero el combate se prolongó hasta tan tarde, que Augusto, victorioso, durmió en su nave. Desde Accio se retiró a sus cuarteles de invierno en Samos, pero, alarmado por las noticias de una sedición por parte de los soldados de todas las categorías que, una vez obtenida la victoria, había enviado a Brindisi y que reclamaban ahora sus recompensas y licenciamiento, se dirigió de nuevo a Italia, atravesando durante la singladura dos críticas situaciones a causa de sendas tempestades; primero, entre los promontorios del Peloponeso y los de Etolia y, más tarde, junto a los montes Ceraunios[20]. En ambas ocasiones se hundieron varias de las naves ligeras de guerra, incluida la suya, en la que viajaba, después de romperse todos los aparejos y el timón. Tras detenerse unos veintisiete días en Brindisi mientras solucionaba todas las peticiones de sus soldados, se dirigió a Egipto, bordeando Asia y Siria, y, sitiando Alejandría, donde se habían refugiado Antonio y Cleopatra, tomó en poco tiempo dicha ciudad. A Antonio, que trataba de conseguir tardías condiciones de paz, no dudó en forzarlo a quitarse la vida y vio personalmente su cadáver. Con respecto a Cleopatra, a la que tenía especialísimo interés en mantener viva hasta el día en que celebrase su triunfo[21], la confió a los psilos[22], para que intentaran absorber el veneno y la ponzoña, ya que se pensaba que había muerto por la mordedura de un áspid. Augusto les concedió a ambos el honor de una conjunta sepultura y ordenó acabar el mausoleo que ellos mismos habían iniciado. Al joven Antonio, el mayor de los dos hijos habidos de Fulvia, tras apoderarse de él a la fuerza, lo ejecutó junto a la estatua del divino Julio, donde, después de muchas e inútiles súplicas, se había refugiado. También a Cesarión, el hijo que Cleopatra afirmaba haber concebido de César, lo capturó mientras huía y lo condenó al suplicio. A los restantes hijos comunes de Antonio y la reina, en cambio, los mantuvo siempre a su lado exactamente igual que si fueran miembros de su propia familia y, en adelante, los trató y apoyó conforme a las aptitudes de cada uno de ellos.


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