Vida de los doce Cesares

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XVI. Inició con especial interés la guerra contra los sículos[15], pero se prolongó durante muchos años debido a las frecuentes interrupciones, bien para reparar la flota que, por un doble naufragio a causa de las tempestades, había perdido precisamente durante el verano[16], bien por haberse firmado la paz que el pueblo exigía al aumentar el hambre a causa del bloqueo de todo tipo de alimentos. Mientras se construían nuevas naves y se manumitían veinte mil esclavos para dedicarlos a remeros, construyó el puerto Julio, junto a Baias, haciendo penetrar el mar en los lagos Lucrino y Averno[17]. Después de entrenar a sus tropas en ese puerto durante todo el invierno, venció a Pompeyo entre Milas y Nauloco; por cierto que, poco antes de la hora del combate, le venció un repentino sueño tan profundo que sus amigos tuvieron que despertarlo para que diera la señal de iniciar la batalla. Este hecho, creo yo, le facilitó a Antonio el pretexto para echar en cara a Augusto que «ni siquiera fue capaz de mirar de frente a las flotas en orden de combate, sino que, echado boca arriba, mirando el cielo, permaneció acostado e inmóvil, incapaz de levantarse ni de dejarse ver por sus soldados, hasta que M. Agripa ya había puesto en fuga a las naves enemigas». Otros le critican cierta afirmación y cierta actuación suya, pues, según ellos, tras haber perdido sus naves en una tormenta, exclamó que «incluso contra la voluntad de Neptuno obtendría la victoria»; y en los siguientes juegos circenses retiró la estatua del dios de la solemne procesión. Y no es aventurado afirmar que en ninguna otra guerra estuvo expuesto a más ni mayores peligros. Así, después de llevar el grueso del ejército a Sicilia, mientras regresaba al continente a buscar la parte restante de sus tropas, fue atacado inesperadamente por Demócares y Apolofanes, lugartenientes de Pompeyo, pudiendo escapar al final con grandes dificultades con un único navío. En otra ocasión, mientras, caminando por Locros, se dirigía a Regio, divisó unas birremes pompeyanas bordeando la costa; creyendo que eran suyas, bajó a la playa y estuvo a punto de ser capturado. También entonces, mientras huía por intrincados senderos acompañado de Paulo Emilio, un esclavo de éste, recordando con rabia que en otro tiempo había proscrito a Paulo, el padre, y creyendo que se le ofrecía la oportunidad de vengarlo, intentó asesinarlo. Tras la fuga de Pompeyo, Marco Lépido, el segundo de sus colegas, a quien Augusto había hecho venir de África para ayudarle, llegó rebosando arrogancia, al estar respaldado por veinte legiones, y reivindicando para él, mediante el terror y las amenazas, el máximo protagonismo; Augusto le despojó de su ejército y, aunque en atención a sus súplicas le perdonó la vida, le desterró a perpetuidad a Circeyos[18].


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