Vida de los doce Cesares

Vida de los doce Cesares

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LXXIX. Fue Augusto un hombre sumamente apuesto y mantuvo su extraordinario atractivo durante todas las etapas de su vida, aunque prescindía de toda afectación y era tan sumamente negligente en el cuidado de sus cabellos, que se ponía apresuradamente en manos de varios barberos a la vez y, mientras se le recortaba o rasuraba la barba, leía cualquier cosa o incluso escribía. Tanto cuando hablaba como cuando estaba en silencio, la expresión de su rostro era tan tranquila y serena que uno de los galos más importantes confesó a los suyos que, debido a ello, se había contenido y arrepentido de precipitar a Augusto por un precipicio —tal como lo había planeado— durante la travesía de los Alpes, después de haberse acercado a él con el pretexto de mantener una conversación. Sus ojos eran claros y límpidos y quería que se pensase que había en ellos como una chispa del vigor divino y le causaba gran placer si, cuando miraba a alguno con intensidad, éste bajaba el rostro, como si se tratara del fulgor del sol. En su vejez, sin embargo, perdió vista en el ojo izquierdo. Tenía los dientes separados, pequeños e irregulares; el cabello ligeramente ondulado y bastante rubio; juntas las cejas; las orejas de tamaño medio; la nariz algo prominente en su parte superior y algo recogida en la inferior; la tez entre morena y blanca; de baja estatura (aunque el liberto Julio Morato nos dice que, según él recuerda, media cinco pies y tres palmos[97]), pero que quedaba disimulada por la equilibrada proporción de sus miembros, hasta el extremo de que, si no era por comparación con alguno más alto que estuviera de pie a su lado, no parecía que fuera bajo.


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