Vida de los doce Cesares
Vida de los doce Cesares LXXVIII. Después de la comida del mediodía, tal como estaba vestido y calzado, cubriéndose los pies, descansaba un rato tapándose los ojos con la mano. Después de la cena se retiraba a una pequeña litera de trabajo, donde permanecía hasta altas horas de la noche, hasta haber concluido todos o la mayor parte de los asuntos pendientes de su actividad diurna. Cuando, más tarde, se trasladaba desde allí a la cama, no dormía, en el mejor de los casos, más de siete horas, y no seguidas, pues en ese espacio de tiempo se despertaba tres o cuatro veces. Si, como le sucedía a menudo, no podía conciliar de nuevo el interrumpido sueño, llamando a algún lector o narrador de historias, volvía a dormirse y prolongaba el sueño hasta después de amanecer. Nunca permaneció despierto a oscuras, sin tener sentado a alguien a su lado. Le fastidiaba tener que madrugar. Y si por sus obligaciones o por alguna celebración religiosa se veía obligado a hacerlo, para que le resultase menos incómodo, se quedaba a dormir en una habitación del piso superior de alguno de sus amigos. Así que muchas veces, falto de sueño, echaba una cabezada mientras era transportado a través de las calles o cuando depositaban en tierra la litera a causa de cualquier parada.