Vida de los doce Cesares
Vida de los doce Cesares LXXXVI. Siguió un modelo de elocuencia elegante y mesurada, evitando frases hechas absurdas, la afectación en las palabras y, como él decía, «el mal olor de las palabras abstrusas». Se preocupó especialmente de expresar con toda claridad el sentido de sus pensamientos. Para conseguirlo más fácilmente y no desorientar ni poner dificultades en ningún sitio a sus lectores u oyentes, no dudó en añadir preposiciones a las ciudades ni en prodigar con frecuencia conjunciones que, si se suprimen, hacen el texto más oscuro, aunque gane en elegancia. Aunque adoleciesen de defectos opuestos, rechazaba con el mismo menosprecio a los preciosistas y a los arcaizantes y los hostigaba con frecuencia; en especial a su amigo Mecenas, cuyas «perfumadas cursilerías», como él decía, no cesa de criticar y de ridiculizar, imitándolas en plan de guasa. Ni siquiera exime de sus críticas a Tiberio, que a veces andaba a la caza de palabras anticuadas y oscuras. También tacha de insensato a Marco Antonio, porque, según su opinión, escribe buscando más que la gente le admire que no que le entienda. Luego, burlándose de su ineptitud y vacilaciones ala hora de elegir su estilo oratorio, añade: «¿Y dudas todavía si debes imitar a Cimber Anio y a Veranio Flaco[103] y usar, en consecuencia, las palabras que Salustio Crispo desempolvó de Los orígenes, de Catón, o si acaso es mejor aplicar a nuestro lenguaje la verborrea de los oradores asiáticos con sus frases llenas de palabras vacías de significado?». Yen una carta en la que elogia el talento de su nieta Agripina, le dice: «Es necesario, sin embargo, que te esfuerces en escribir y hablar con sencillez».