Vida de los doce Cesares
Vida de los doce Cesares LXXXIX. No sentía Augusto menor pasión por las letras griegas, en cuyo conocimiento destacaba ampliamente, pues había tenido como maestro de retórica a Apolodoro de Pérgamo, a quien, siendo éste ya anciano y él todavía joven, se lo había llevado consigo de Roma a Apolonia. Más tarde, merced a su familiar convivencia con el filósofo Areo y con sus hijos Dionisio y Nicanor, había acumulado una vasta erudición helenística, no, sin embargo, hasta el extremo de hablar con fluidez el griego o de atreverse a escribir en ese idioma. En efecto, si las circunstancias lo exigían, lo redactaba primero en latín y lo daba a otro para que lo tradujese. No obstante, no desconocía del todo la poesía griega y se deleitaba con las antiguas comedias, haciéndolas representar a menudo en espectáculos públicos. Cuando manejaba los autores de ambas lenguas no buscaba otra cosa que máximas y ejemplos provechosos tanto para la vida pública como para la particular y, esos extractos, copiados al pie de la letra, solía enviarlos a sus allegados, a los jefes de los ejércitos y de las provincias y a los magistrados de Roma, según el consejo que cada uno pudiese necesitar. También leía con frecuencia al Senado libros enteros y los daba a conocer al pueblo mediante edictos, como, por ejemplo, los discursos de Quinto Metelo Sobrela necesidad de aumentar el número de hijos y de Rutilio Sobre el modo de edificar, para mejor persuadir a todos de que no había sido él el primero en descubrir la importancia de ambos temas, sino que ya los antiguos se habían ocupado de ellos. Favoreció por todos los medios a los talentos de su época. Escuchó con paciencia y benevolencia a los lectores, y no solamente los poemas o las historias, sino también los discursos y diálogos. Le molestaba, en cambio, cuando se escribía algo sobre él, a no ser que lo hicieran seriamente las plumas más preclaras, y advertía a los pretores que no permitiesen que su nombre fuera deshonrado en certámenes poéticos.