Vida de los doce Cesares
Vida de los doce Cesares Cuando era todavía un niño (según consta en los escritos de Cayo Druso), su nodriza, un atardecer, acostó a Augusto en su cuna, situada en la planta baja de su casa. Pues bien, a la mañana siguiente no estaba allí y, después de una larga búsqueda, lo encontraron finalmente en una altísima torre, yaciendo de cara al sol naciente. En la casa familiar de los aledaños de Roma, cuando apenas empezaba a hablar, ordenó guardar silencio a las ranas que croaban ruidosamente y desde aquel día las ranas dejaron de croar en aquel lugar. En cierta ocasión en que estaba comiendo en un bosque, en el cuarto miliario de la vía Campana[111], un águila le arrebató de improviso el pan que tenía en la mano y, después de haber volado a enorme altura, bajando de nuevo de improviso, se lo devolvió dulcemente.