Vida de los doce Cesares
Vida de los doce Cesares El día en que nació Augusto, a pesar de que en la Curia se deliberaba sobre la conjuración de Catilina, Octavio llegó tarde, debido al parto de su esposa. Es cosa pública y sabida que Publio Nigidio, cuando conoció el motivo del retraso y cuando supo también la hora del parto, afirmó que había nacido el amo y señor de todo el orbe de la tierra. Más adelante, cuando Octavio conducía su ejército por recónditas regiones de Tracia, al hacer una consulta sobre su hijo durante una ceremonia de aquellos bárbaros en el bosque del padre Baco, recibió por parte de los sacerdotes idéntica respuesta, puesto que, decían ellos, al derramar el vino sobre el altar, había brotado una llama tan grande que, sobrepasando la techumbre del templo, había llegado casi hasta los cielos y que un prodigio semejante únicamente le había ocurrido a Alejandro Magno cuando ofreció sacrificios sobre aquel mismo altar. Más aún; aquella misma noche le pareció ver en sueños a su hijo, de un tamaño sobrehumano, con el rayo, cetro y atuendo de Júpiter Óptimo Máximo y con su corona de rayos, montado en un carro ornado con laureles y arrastrado por un doble tiro de seis caballos blancos como la nieve.