Vida de los doce Cesares
Vida de los doce Cesares C. Murió en la misma alcoba donde había muerto su padre Octavio, durante el consulado de los dos Sextos, Pompeyo y Apuleyo, el 14 antes de las calendas de septiembre[121], de día, a la hora nona, a los setenta y seis años menos treinta y cinco días. Magistrados de los municipios y de las colonias transportaron su cuerpo desde Nola hasta Bobilas, de noche a causa de la estación del año, mientras de día lo depositaban en la basílica o en el más sagrado de los templos de cada ciudad. Desde Bobilas se hizo cargo del cuerpo el orden ecuestre y lo llevó a Roma, donde lo colocaron en el vestíbulo de su casa. Todos los senadores rivalizaron en sus deseos de solemnizar sus funerales y de honrar su memoria, proponiendo algunos, entre otras muchas cosas, que el cortejo fúnebre pasara a través de la puerta triunfal, precedido por la estatua de la Victoria que se halla en la Curia, mientras los hijos de ambos sexos de los más conspicuos personajes entonaban cánticos funerarios; propusieron otros que el día de las exequias se quitaran todos ellos los anillos de oro y se pusieran unos de hierro; otros, que sus huesos, tras la cremación, fueran recogidos por los sacerdotes de los más importantes colegios. Hubo incluso quienes sugirieron que el nombre del mes de agosto se trasladase al de septiembre, ya que, si había nacido en agosto, había muerto en septiembre. Otro propuso que todo el período, desde su natalicio hasta el día de su muerte, se llamara «siglo de Augusto» y se consignase así en el calendario. No obstante, a pesar de que finalmente se impuso la mesura en los honores concedidos, se pronunció un doble panegírico en su honor: ante el templo del divino Julio, por parte de Tiberio, y, ante la vieja tribuna de los oradores, por parte de Druso, el hijo de Tiberio. Luego, portado en hombros por los senadores, fue transportado su cadáver al Campo de Marte e incinerado. Y no faltó tampoco un ex pretor que juró haber visto el espectro de Augusto subiendo de su cuerpo quemado a los cielos. Recogieron sus cenizas los más conspicuos representantes del orden ecuestre, vestidos con túnicas, desceñidos y con los pies descalzos y lo depositaron en su mausoleo. Este monumento funerario lo había construido durante su sexto consulado, entre la vía Flaminia[122] y la orilla del Tíber, y ya entonces se habían abierto al público los bosques y paseos que lo rodeaban.