Vida de los doce Cesares
Vida de los doce Cesares XI. Mientras, partiendo de Ostia, recorría navegando la costa de Campania, se le comunicó la extrema debilidad de Augusto. Se detuvo entonces allí unos días; pero, al aumentar los rumores de que permanecía allí aguardando el momento de colmar su máxima ambición, en cuanto las condiciones climáticas no fueron demasiado adversas, zarpó rumbo a Rodas, pues desde que a su regreso de Armenia había arribado a esa isla, se había prendado de su encanto y saludable clima. Dándose allí por satisfecho con una casa modesta y con una villa en las afueras no mucho mayor, vivió como un simple particular, paseando a veces hasta el gimnasio sin lictor ni alguacil, gozando de una recíproca cortesía con los griegos, en un plano casi de igualdad. En cierta ocasión, cuando al amanecer planificaba el día, había comentado casualmente que le gustaría visitar a los enfermos de la ciudad. No le entendieron bien sus más allegados y ordenaron que todos los enfermos fueran conducidos a un pórtico público y clasificados según su enfermedad. Atónito ante esta imprevista situación, después de dudar largo tiempo qué debía hacer, decidió, finalmente, acercarse uno por uno a todos ellos, incluso a los más insignificantes y desconocidos, para excusarse por lo que había sucedido. Parece que fue tan sólo una única vez —no hay constancia de ninguna otra— que ejerció los derechos de su potestad tribunicia. Como acostumbraba frecuentar las escuelas y los salones de los maestros, en una ocasión se originó un violento altercado entre gramáticos de líneas opuestas y, al intervenir él, hubo un individuo que comenzó a insultarle, acusándole de defender con demasiado entusiasmo la opinión contraria a la suya. Tiberio, entonces, tras haberse marchado apaciblemente a su casa, reapareció de improviso acompañado de unos ordenanzas e, intimando al agresor por medio del pregonero a comparecer ante el tribunal, ordenó allí que fuera llevado a la cárcel. Poco después se enteró de que Julia, su esposa, había sido condenada debido a sus excesos sexuales y adulterios y de que, por la autoridad de Augusto, se le había enviado en su nombre el libelo de repudio. Y, aunque feliz por la noticia, consideró, sin embargo, obligación suya, en la medida de sus posibilidades, interceder ante el padre en favor de la hija con continuas cartas y, aun cuando se había ganado a pulso su condena, permitirle conservar todos los regalos que él le había hecho.