Vida de los doce Cesares

Vida de los doce Cesares

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X. Cuando todo era para él favorable, en la flor de la edad y con una perfecta salud, decidió repentinamente marcharse y retirarse lo más lejos posible de Roma. No sabemos si por hastío de su mujer, a la que no se atrevía a criticar ni a repudiar, pero que no podía soportar ya por más tiempo, o bien para proteger e incluso aumentar con su ausencia su propia autoridad, evitando el desgaste que produce la rutina, por si alguna vez la República llegaba a necesitar de su concurso. Algunos opinan que, al ser ya adultos los hijos de Augusto[26], les cedió espontáneamente el lugar y, por así decirlo, el disfrute del segundo puesto, en jerarquía, del Estado, que él había ocupado durante largo tiempo, siguiendo el ejemplo de Marco Agripa, quien, al ser promovido Marcelo a los cargos públicos, se retiró a Mitilene, para que no pareciese que con su presencia pretendía obstaculizarle o hacerle sombra. Éste es el motivo que alegó también él, aunque más tarde. La realidad es que en aquel momento, pretextando estar hastiado de los cargos públicos y necesitar un reposo después de tantos problemas, pidió permiso para ausentarse, sin atender a las insistentes súplicas de su madre o a las quejas de su padrastro, que incluso en el Senado se lamentaba de que se sentía abandonado por él. Más aún; como se obstinaban en retenerlo, durante cuatro días se negó a comer. Concedida finalmente la autorización de marcharse, dejando en Roma a su mujer y a su hijo, partió al momento hacia Ostia, sin responder ni una palabra a ninguno de los que acudieron a despedirlo y dando a muy pocos un beso de despedida.


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