Vida de los doce Cesares
Vida de los doce Cesares XII. Así pues, permaneció en Rodas en contra de su voluntad y, a duras penas, gracias a la intervención de su madre, pudo disimular su desprestigio, encubriendo su forzada ausencia con la excusa de que Augusto lo había nombrado legado suyo. A partir de entonces, no sólo actuó siempre como un simple particular, sino como un particular inquieto y temeroso, oculto en los campos del interior y evitando los corteses cumplidos de los ciudadanos que arribaban a la isla. Eran muchos, en efecto, los que solían ir por allí, pues no había nadie que ejerciese un mando militar o una magistratura que, cuando se dirigía a algún lugar, fuese el que fuese, no se desviara hasta Rodas para visitarle. Y pronto aumentaron sus motivos de preocupación. Pues, cuando navegó hasta Samos, expresamente para visitar a su hijastro Cayo[27], que había recibido el mando del Oriente, lo notó muy distanciado de él, debido a las calumniosas acusaciones de Marco Lolio, amigo y preceptor de Cayo. Más aún, se llegó a sospechar de él que, por medio de unos centuriones —ascendidos por él y que después de un permiso regresaban a sus campamentos—, había hecho llegar a muchos ciudadanos órdenes ambiguas y que podían interpretarse como encaminadas a sondear los ánimos de esos ciudadanos con miras a un golpe de Estado. Al enterarse Tiberio por el propio Augusto de que era objeto de esos recelos, no cesó de solicitar una y otra vez que le asignaran un comisario político, no importaba de qué estamento social, para que informase de sus hechos y de sus palabras.