Vida de los doce Cesares
Vida de los doce Cesares XIII. Abandonó también sus habituales ejercicios castrenses y de equitación y, quitándose el atuendo propio de los romanos, se puso un manto griego y sandalias. Permaneció en esta situación durante dos años, cada dÃa más despreciado y odiado, hasta el punto que los habitantes de Nimes derribaron sus imágenes y estatuas y, en un banquete de amigos, al ser mencionado su nombre, salió uno que le prometió a Cayo que, si se lo ordenaba, navegarÃa al instante a Rodas y le traerÃa la cabeza del exiliado —pues asà le llamaban—. Fue sobre todo por este hecho, y no ya por miedo, sino por correr peligro su vida, que se vio obligado a implorar, no sólo con sus propios ruegos, sino también con las encarecidas súplicas de su madre, que le permitieran regresar. Esta vez obtuvo el permiso, ayudado también, en cierto modo, por el azar. TenÃa decidido Augusto no tomar sobre este tema decisión alguna en contra de los deseos de su hijo mayor. Éste, que casualmente estaba entonces sumamente enfadado con Marco Lolio, se mostró bien dispuesto e indulgente ante los ruegos de su padrastro. Asà pues, con el beneplácito de Cayo, se llamó de nuevo a Tiberio a Roma, pero a condición de no intervenir en modo alguno en ningún asunto de Estado.