Vida de los doce Cesares
Vida de los doce Cesares XIV. Regresó ocho años después de su marcha, con las grandes y seguras esperanzas para el futuro que por los prodigios y presagios había concebido desde sus más tiernos años. Estando, en efecto, Livia embarazada de él, al tratar de averiguar por diferentes presagios si pariría un varón, fue dando calor, bien con sus propias manos bien con las de sus sirvientes, a un huevo sustraído a una gallina que lo incubaba, hasta que salió un pollo con una espléndida cresta. También el astrólogo Escribonio, refiriéndose al niño, prometió extraordinarias gestas y que llegaría incluso a reinar, aunque sin insignias reales, y esto cuando todavía se desconocía el poder absoluto que llegarían a tener los césares. Más aún, cuando emprendió su primera campaña conduciendo el ejército a Siria a través de Macedonia, al llegar a Filipos acaeció que los altares consagrados en otro tiempo a las legiones vencedoras resplandecieron con repentinas llamas que brotaron espontáneamente. Y más tarde, habiendo visitado, cuando se dirigía al Ilírico, el oráculo de Gerión, junto a Padua, al extraer la suerte, que le aconsejaba arrojar a la fuente de Apón los dados de oro para obtener respuesta a sus consultas, sucedió que los dados que él arrojó mostraron el número más alto; y todavía hoy día pueden verse esos dados bajo el agua. Además, unos días antes de ser llamado de nuevo a Roma, un águila, pájaro que jamás había sido visto en Rodas, se posó en el tejado de su casa. De igual modo, la víspera de que se le comunicase su regreso, le pareció, al cambiarse de ropa, que su túnica ardía. Fue también entonces cuando puso definitivamente a prueba al astrólogo Trasilo —a quien, en calidad de maestro de sabiduría, había distinguido con un trato íntimo y familiar—, pues aseguró que veía una nave que era portadora de una gran alegría. Y eso en el preciso momento en que, puesto que todo le salía mal y en contra de sus predicciones, Tiberio había resuelto arrojarlo al mar, mientras paseaban juntos, por embaucador y porque imprudentemente le había hecho partícipe de muchos secretos.