Vida de los doce Cesares
Vida de los doce Cesares XXXV. Respecto a las mujeres romanas que se prostituían, ordenó que, si no había un acusador público que las procesase, fueran sus propios familiares, conforme a una antigua costumbre, quienes las castigasen en virtud de una sentencia colectiva. Liberó de su juramento a un caballero romano para que pudiera repudiar a su mujer, sorprendida en flagrante adulterio con su yerno, ya que anteriormente había jurado que jamás la repudiaría. Las mujeres romanas de vida licenciosa empezaron a adquirir la costumbre de declararse oficialmente prostitutas, a fin de ser privadas por ese motivo de su condición y dignidad de matronas romanas y eludir así las sanciones que las leyes imponían a éstas; también los jóvenes más pervertidos de uno y otro orden[50] buscaban espontáneamente la sanción judicial de una nota infamante, para que los decretos del Senado no pudieran impedirles actuar en el teatro o en la arena. Pues bien, a todas y todos éstos, Tiberio los condenó al exilio para que nadie pudiera escudarse en semejante estratagema. A un senador le privó de la túnica laticlava, al enterarse de que antes de las calendas de julio se había marchado al campo para, después de esa fecha, conseguir en Roma una casa a precio más bajo[51]. Destituyó a un cuestor por haberse casado el día antes del sorteo de las provincias y haberse divorciado al día siguiente.