Vida de los doce Cesares
Vida de los doce Cesares XLII. Por lo demás, una vez obtuvo la permisividad que le daba su retiro, lejos, por así decirlo, de los ojos de los ciudadanos, dejó por fin que se desbordaran a la vez todos los vicios que, durante mucho tiempo, a duras penas había conseguido disimular. De ellos voy a hablar detalladamente desde su origen. Ya en sus inicios como soldado, debido a su excesiva afición al vino, en el campamento se le llamaba «Biberius» en lugar de Tiberius, «Caldius» en lugar de Claudius y «Mero» en lugar de Nero[59]. Más adelante, ya emperador, al mismo tiempo que pretendía corregir las costumbres públicas, se pasó una noche y dos días seguidos comiendo y bebiendo en compañía de Pomponio Flaco y Lucio Pisón. Inmediatamente después otorgó al primero de ellos la provincia de Siria y, al segundo, la prefectura de la ciudad, designándolos incluso en sus cartas credenciales como «sus más queridos amigos de todas las horas». A Cestio Galo, un anciano lujurioso y manirroto, sancionado en otro tiempo por Augusto con una nota infamante y a quien el propio Tiberio pocos días antes había increpado en el Senado, le comunicó que iría a cenar a su casa, a condición de que no cambiara ni suprimiera ninguna de sus costumbres y cenaran, por tanto, servidos por doncellas desnudas. A un candidato a la cuestura, que nadie conocía, lo prefirió a otros muy ilustres, por haberse bebido toda una ánfora de vino que él le había ofrecido en un banquete. A Aselio Sabino le regaló doscientos mil sestercios por un diálogo en el que una seta, un becafigo[60], una ostra y un tordo disputaban sobre quién era el mejor de ellos. Creó un nuevo cargo, cuyo trabajo consistía en proporcionarle placeres, poniendo al frente a Tito Cesonio Prisco.