Vida de los doce Cesares

Vida de los doce Cesares

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XLIV. Se le achacaron también mayores y más obscenas perversiones, que a duras penas se pueden relatar ni oír, y menos aún puede uno llegarse a creer. Se decía que a niños de la más tierna edad, a los que llamaba sus «pececitos», los había preparado para que, mientras él nadaba, revolotearan y jugaran entre sus muslos, excitándolo poco a poco con la lengua y pequeños mordiscos. Se decía también que a otros niños, ya más crecidos, pero no destetados todavía, les daba a mamar su miembro viril como si fuera un pezón, más propenso evidentemente a esta clase de placeres por su edad y propia inclinación. Por esa misma razón, cuando recibió en herencia un cuadro de Parrasio[63] en el que Atalanta daba placer con su boca a Meleagro, pero con la cláusula de que, si el tema de la pintura le resultaba ofensivo, recibiría en lugar de ella un millón de sestercios, no sólo escogió el cuadro, sino que lo colocó en su dormitorio. También se cuenta que en cierta ocasión, mientras ofrecía un sacrificio a los dioses, al sentirse cautivado por la belleza del asistente que le ofrecía el incensario, no pudo contenerse y, apenas concluida la ofrenda sagrada, llevándolo aparte, lo violó allí mismo y también a su hermano, que tocaba la flauta; después, como ambos se recriminaban airada y mutuamente por aquel abuso, les hizo romper las piernas.



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