Vida de los doce Cesares
Vida de los doce Cesares L. El odio que sentía hacia sus más allegados, lo puso de manifiesto primeramente con su hermano Druso, haciendo pública una carta de éste en la que le proponía que, juntos, obligaran a Augusto a restablecer la República. Después continuó también con los restantes miembros de su familia. Con respecto a Julia, su mujer, no sólo no tuvo para con la desterrada el más mínimo detalle de bondad o humanidad —que es lo mínimo que hubiera debido hacer—, sino que, además de estar confinada en una ciudad por decisión de su padre, Tiberio le prohibió también salir de la casa y tener relaciones con hombres. Más aún, le privó del peculio que su padre le había dado y de las rentas anuales, pretextando el derecho común, ya que Augusto no había estipulado nada a este respecto en su testamento. Harto de su madre Livia, a la que acusaba de reclamar para ella una parte equitativa del poder, evitó el trato asiduo con ella así como las conversaciones largas y privadas, para que no pareciese que se guiaba por sus consejos, aunque en ocasiones acostumbraba, no obstante, pedirlos y ponerlos en práctica. Pero le encolerizó sobremanera que se debatiese en el Senado la posibilidad de añadir a sus títulos el de «hijo de Livia», como si del de «hijo de Augusto» se tratase. Por lo cual no consintió que fuese llamada «madre de la patria», ni que recibiese oficialmente ningún otro honor extraordinario. Por el contrario, le advirtió con frecuencia que se abstuviese de intervenir en asuntos de importancia que no atañían a una mujer, sobre todo desde que advirtió con ocasión del incendio del templo de Vesta que ella había tomado personalmente parte activa exhortando al pueblo y a los soldados, como acostumbraba hacerlo en los tiempos de su marido, a emplearse con el máximo esfuerzo en las labores de extinción.