Vida de los doce Cesares

Vida de los doce Cesares

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LI. Posteriormente, Tiberio llegó a sentir por ella verdadera aversión, según dicen, por el motivo siguiente: a pesar de las insistentes peticiones de su madre para que incluyese en las decurias de jueces a un individuo, beneficiado ya con la ciudadanía romana, Tiberio se negó rotundamente a ello, a no ser bajo la siguiente condición: que ella aceptase que se hiciera público en el tablón oficial de anuncios y decretos que ese nombramiento le había sido arrancado por su madre. Ésta, indignada, sacó a la luz y leyó en público unas antiguas cartas de Augusto, dirigidas a ella y que guardaba escondidas, en las que éste le comentaba la acritud e insoportable tiranía del carácter de su hijo. ATiberio le dolió tanto que hubiese conservado durante tanto tiempo esas cartas y que las hubiese esgrimido con tanto odio contra él, que algunos opinan que esta fue una de las causas —y tal vez la principal— de su alejamiento de Roma. Lo cierto es que durante los tres años que estuvo fuera de Roma en vida de su madre, tan sólo la vio una vez, un único día y durante poquísimas horas. Después, cuando enfermó, no se tomó la molestia de ir a visitarla y, una vez fallecida[68], alimentó la falsa esperanza de que asistiría a las exequias, hasta que finalmente se celebraron éstas con el cadáver ya corrupto y putrefacto. Prohibió, además, que recibiera los honores de la apoteosis[69], pretextando que ella misma lo había dispuesto así. También invalidó su testamento y en muy poco espacio de tiempo destruyó a todos sus amigos y parientes, incluso a aquellos a quienes ella misma, cuando ya agonizaba, les había pedido que se encargaran de sus funerales; incluso a uno de ellos, perteneciente al orden ecuestre, lo condenó a trabajos forzados en las bombas de extracción de agua.


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