Vida de los doce Cesares

Vida de los doce Cesares

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LII. No profesó un amor de padre a ninguno de sus hijos, ni a Druso, su hijo verdadero, ni a Germánico, su hijo adoptivo, muy disgustado además con el primero, pues era de vida muy indolente y disoluta. Así pues, ni siquiera su muerte le conmovió demasiado, limitándose a no volver inmediatamente a la rutina diaria de los asuntos de Estado después de sus exequias, pero prohibiendo que se prolongase en exceso el cierre de los tribunales en señal de duelo. Más aún, cuando los embajadores de Troya le dedicaban con cierto retraso unas palabras de consuelo, Tiberio, como si el recuerdo del dolor estuviese borrado ya de su corazón, les contestó en tono incluso de burla que ahora le tocaba a él darles el pésame, puesto que ellos habían perdido también a su egregio ciudadano Héctor[70]. En cuanto a Germánico, hasta tal punto procuró denigrarlo, llevado de su envidia, que desacreditó sus grandes hazañas, tildándolas de inútiles, y condenó sus gloriosas victorias como perjudiciales para el Estado. Y cuando, sin haberle consultado, se dirigió a Alejandría a causa de una enorme e imprevista hambruna, Tiberio se quejó ante el Senado. Se cree incluso que lo hizo matar por medio de Cneo Pisón, legado del emperador en Siria, quien más tarde, al ser acusado de este crimen, dicen algunos que tenía intención de revelar las órdenes recibidas, si Tiberio no hubiera tomado medidas para arrebatarle las pruebas, antes de que pudiera mostrarlas, y hacerlo degollar. Por esta razón aparecieron inscripciones por todas partes y con mucha frecuencia se escuchaban de noche gritos de: «¡Devuélvenos a Germánico!». Además, el propio Tiberio confirmó esas sospechas con el cruel trato que infligió a la esposa y a los hijos de Germánico.


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