Vida de los doce Cesares

Vida de los doce Cesares

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LIII. A su nuera Agripina que, después de la muerte de su marido, protestaba de algo ante él con gran libertad, la asió de la mano y le replicó con estos versos griegos: «Si tú no eres la que manda, hija mía, ¿crees que por eso se te ofende?». Yen adelante no se dignó a dirigirle nunca más la palabra. Además, después de que en cierta ocasión, durante una cena, Tiberio le hubiese ofrecido una manzana y ella no se hubiese atrevido a probarla, dejó también de invitarla, bajo el pretexto de que con ello le había acusado de intentar envenenarla. En realidad, todo estaba preparado a propósito, de forma que él le ofrecería la fruta para ponerla a prueba, con la seguridad de que ella la rechazaría, convencida de que representaba una muerte segura para ella. Finalmente, con la falsa acusación de que pretendía buscar refugio junto a la estatua de Augusto o junto al ejército, la confinó en la isla Pandataria y, al prorrumpir ella en insultos contra él, la hizo azotar con tal violencia por un centurión, que le vació un ojo. Más adelante, cuando ella decidió morir de hambre, ordenó que, abriéndole la boca a la fuerza, le embutiesen la comida. Pero como Agripina se obstinase en su huelga de hambre y a resultas de ella acabase con su vida, llenándola de maldiciones y considerando su pertinacia un crimen de alta traición, después de persuadir al Senado que el día de su natalicio se incluyese entre los días nefastos, se atribuyó a sí mismo como un acto de extraordinaria clemencia no haberla hecho ahorcar, arrojándola después a las Gemonias[71], y consintió que, por tal generosidad, se promulgase un decreto dándole las gracias y se dedicase un donativo en oro a Júpiter Capitolino.


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