Vida de los doce Cesares
Vida de los doce Cesares LXI. Posteriormente estalló en todo género de atrocidades, pues nunca le faltó sobre quién descargarlas, convirtiendo primero en el blanco de sus persecuciones a los allegados e incluso a los simples conocidos de su madre, luego a los de sus nietos y de su nuera y, por último, a los de Sejano. Y tras la ejecución de Sejano, todavía se volvió mucho más cruel. Se hizo así totalmente evidente que no era Sejano quien solía incitarle a la crueldad, sino que se limitaba a proporcionar a Tiberio las oportunidades que éste le pedía. Y eso a pesar de que en unos comentarios que muy resumidamente escribió Tiberio sobre su propia vida, tuvo la osadía de afirmar que había castigado a Sejano al averiguar que éste se había encarnizado con los hijos de su hijo Germánico, siendo así que era el propio Tiberio quien asesinó a uno de ellos cuando Sejano estaba ya bajo sospecha, y al otro, cuando Sejano ya había sido ejecutado. Sería muy largo recorrer, una a una, todas sus demostraciones de crueldad; será pues suficiente enumerar, a modo de ejemplo, algunas formas de su sevicia. No hubo día alguno que no condenase a alguna persona, aunque fuera un día festivo o consagrado a los dioses; llegó a ejecutar a algunos el primer día del año. Muchos fueron acusados y condenados junto con sus hijos y muchos, también, por sus propios hijos. Prohibió que los allegados de los condenados a muerte llevaran luto por ellos. Se decretaron importantes recompensas para los acusadores y, algunas veces, también para los testigos. Nunca se puso en duda la veracidad de ningún delator. Todos los delitos se consideraban merecedores de pena de muerte, incluso los consistentes en algunas pocas y simples palabras. Se condenó a un poeta porque en una tragedia había ofendido a Agamenón con algunas censuras; se condenó a un historiador por llamar a Bruto y a Casio «los últimos romanos»; se revolvió muy pronto contra algunos autores y prohibió sus obras, aunque hubiesen sido aprobadas hacía unos pocos años e incluso recitadas en presencia de Augusto. A algunos ciudadanos, puestos bajo vigilancia, les quitó no sólo el consuelo del estudio, sino también el de conversar o dialogar con nadie. De los que eran citados a declarar, algunos se atravesaron con la espada en su casa, seguros de que serían condenados, y también para evitar la humillación y la ignominia, y otros, se envenenaron en plena Curia; pero, aun así, fueron arrastrados a la cárcel después de vendarles las heridas, moribundos y palpitantes. Ninguno de los ejecutados dejó de ser arrastrado con los garfios y arrojado a las Gemonias; veinte fueron los arrastrados y arrojados en un solo día, entre ellos mujeres y niños. Como, debido a una antigua tradición, era ilícito estrangular a una virgen, muchachas que todavía no habían llegado a la edad núbil, eran primero violadas por el verdugo y luego estranguladas. A quienes deseaban morir, se les hacía vivir a la fuerza. Consideraba, en efecto, que la muerte era un castigo tan suave que, al enterarse de que uno de los acusados, llamado Cárnulo, había conseguido anticiparse a ella, exclamó: «Cárnulo se me ha escapado». En cierta ocasión que inspeccionaba las prisiones, a un condenado que le suplicaba que acelerase su ejecución, le replicó: «Todavía no me he congraciado contigo». Un ex cónsul escribió en sus anales que en un banquete muy concurrido, en el que él mismo estaba presente, al ser interrogado Tiberio en voz alta y clara por un enano, que estaba de pie junto a las mesas entre otros bufones, por qué Paconio, reo de lesa majestad, llevaba vivo tanto tiempo, castigó al instante la insolencia del deslenguado, pero pocos días después escribió al Senado para que se ejecutase cuanto antes la sentencia de Paconio.