Vida de los doce Cesares

Vida de los doce Cesares

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Al principio, quiso Tiberio que esos versos se interpretaran como si hubiesen sido compuestos por aquellos que se sentían contrariados por sus reformas y surgidos, no tanto de unos sentimientos reales, como de un acceso de ira y mal humor, y por ello decía siempre: «Que me odien con tal que me acepten». Pero pronto él mismo demostró que eran totalmente ciertos y reales.

LX. Al cabo de unos pocos días de llegar a Capri, a un pescador que, accediendo a un lugar retirado y cogiéndole por sorpresa, le había ofrecido un enorme barbo, ordenó que le refregaran el rostro con aquel mismo pez, aterrado de que aquel pescador hubiese podido llegar hasta él trepando por los abruptos acantilados de la parte de atrás de la isla. Y cuando éste, dentro de su desgracia, se felicitaba de no haberle ofrecido también una enorme langosta que había capturado, Tiberio ordenó que también con la langosta le laceraran el rostro. A un soldado de su guardia pretoriana lo condenó a muerte por haberle robado un pavo real de su jardín. Con ocasión de un desplazamiento, la litera en la que era transportado se enzarzó en unos matorrales; al encargado de reconocer el camino, un centurión de las primeras cohortes[76], lo tiró al suelo y casi lo mató a latigazos.



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