Vida de los doce Cesares

Vida de los doce Cesares

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LXX. Cultivó con gran afición las artes liberales de una y otra lengua. En retórica latina siguió a Corvino Mesala, a quien, aunque ya anciano, había admirado desde su juventud. Pero afeaban su estilo la afectación y la excesiva pulcritud, de forma que era éste más elegante cuando improvisaba que cuando lo preparaba cuidadosamente. Compuso también un poema lírico, titulado Elegía sobre la muerte de Lucio César. Escribió asimismo algunos poemas en griego, a imitación de Euforión, Riano y Partenio, poetas que le complacían tanto que ordenó colocar los escritos y estatuas de todos ellos en las bibliotecas, entre las de los antiguos y principales autores, por cuya razón muchos eruditos rivalizaron en publicar numerosas obras sobre estos escritores para complacerlo. Pero se preocupó con especial predilección por el conocimiento de la historia legendaria, llegando a la tontería y al ridículo. En efecto, ponía a prueba a los gramáticos[83] —el tipo de intelectuales, como dijimos, que más frecuentaba— con preguntas de este género: «¿Quién era la madre de Hécuba? ¿Cuál era el nombre de Aquiles cuando se ocultó entre las vírgenes? ¿Qué solían cantar las sirenas?». Y el primer día que entró en la Curia, después de la muerte de Augusto, como si quisiera dar satisfacción al mismo tiempo a la piedad filial y a la religión, siguiendo el ejemplo de Minos elevó súplicas a los dioses con incienso y vino, aunque sin acompañamiento de flautistas, tal como en otro tiempo hiciera éste cuando murió su hijo.


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