Vida de los doce Cesares

Vida de los doce Cesares

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III. Tenemos constancia de que Germánico reunía tantas virtudes de cuerpo y espíritu, y en tan alto grado, como ningún otro las tuvo nunca. Era de singular belleza y fortaleza; sobresalía por su dominio de la elocuencia y de la cultura, tanto griegas como latinas; no había quien le igualase en su bondad y en su admirable y eficaz disposición para conciliar a los hombres entre sí y ganarse su afecto. La delgadez de sus piernas no acababa de armonizar con la prestancia de su figura, pero también, poco a poco, las fue robustecimiento con la asidua práctica de la equitación después de las comidas. Con frecuencia abatió a sus enemigos luchando cuerpo a cuerpo. Defendió causas judiciales incluso después de obtener los honores del triunfo y, entre otros testimonios de sus aficiones, nos dejó varias comedias escritas en griego. Discreto tanto en Roma como fuera de ella, visitaba sin acompañamiento alguno de lictores tanto las ciudades libres como las federadas. Dondequiera que encontrase sepulcros de hombres ilustres, ofrecía sacrificios a los Manes. Con el fin de enterrar en un solo sepulcro los antiguos y dispersos restos de los soldados muertos en el desastre sufrido por Varo, fue él el primero en empezar a recogerlos y a trasladarlos con sus propias manos. Incluso con sus detractores, cualesquiera que fuesen y por grave que fuera el motivo de su litigio, se mostró hasta tal extremo benévolo e indulgente que, cuando Pisón comenzó a revocar sus decretos y a perseguir a sus clientes, no se decidió a contraatacar hasta que tuvo constancia de que éste recurría a venenos y sortilegios para agredirle. Y ni siquiera entonces fue más allá de comunicarle que le retiraba su amistad, según la costumbre de los antepasados, y de ordenar a sus allegados que le vengaran, si algo llegaba a sucederle.


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