Vida de los doce Cesares

Vida de los doce Cesares

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XIX. Ideó, además, un nuevo e inaudito género de espectáculo. Toda la distancia existente entre Bayas y los diques de Putéolos, un espacio de tres mil seiscientos pasos aproximadamente[36], la cubrió con un puente, reuniendo naves de carga de todas partes, disponiéndolas ancladas en doble fila y colocando encima de ellas un recubrimiento de tierra en línea recta, a la manera de la vía Apia. Por este puente circuló sin parar durante dos días seguidos, en ambas direcciones; el primer día, cabalgando sobre un caballo enjaezado con faleras[37] y deslumbrante él mismo en su atavío de emperador, con corona de hojas de encina, cetro, espada y manto imperial, todo ello de oro; el segundo, con la indumentaria propia de un auriga de cuadrigas, sobre un carro tirado por dos famosos caballos, precedido por el joven Darío, uno de los rehenes partos, y escoltado por un destacamento de pretorianos y por su corte de amigos, que viajaban en carruajes. Me consta que muchos creyeron que Cayo había proyectado semejante puente para rivalizar con Jerjes, quien, con gran admiración de su época, construyó un puente de tablas en el estrecho del Helesponto, aunque la distancia era algo menor; otros, en cambio, creen que lo hizo para atemorizar con la fama de una obra colosal a Germania y Britania, naciones por las que se sentía amenazado. Sin embargo, siendo yo todavía un niño, había escuchado a mi abuelo explicar que el auténtico motivo de esa construcción, según aducían los más íntimos cortesanos, se debía a que el astrólogo Trasilo le había asegurado a Tiberio, cuando éste, preocupado por su sucesión, se inclinaba más hacia su verdadero nieto, que la posibilidad de que Cayo llegara a ser emperador no era mayor que la de que llegara a atravesar a caballo el golfo de Bayas.


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