Vida de los doce Cesares

Vida de los doce Cesares

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XXIV. Mantuvo habituales relaciones sexuales con todas sus hermanas y, en los banquetes oficiales, situaba a cada una de ellas, por turno, a su derecha, mientras tenía a su esposa a la izquierda. Se asegura que a su hermana Drusila la desvirgó, cuando él vestía todavía la toga pretexta, y que en una ocasión fue sorprendido mientras fornicaba con ella por su abuela Antonia, en cuya casa vivían ambos hermanos. Más tarde, se la arrebató al ex cónsul Lucio Casio Longino, con quien había casado a Drusila, y vivió abiertamente con ella, como si fuera su legítima esposa; incluso, cuando estuvo enfermo, la nombró heredera de todos sus bienes y del Imperio. Cuando ella murió[46], decretó un luto oficial durante el cual reírse, bañarse o cenar con los padres, la mujer o los hijos era motivo de pena capital. No pudiendo soportar su dolor, huyó de Roma, repentinamente y de noche, y, después de atravesar la Campania, se dirigió a Siracusa. Desde allí regresó de nuevo a Roma precipitadamente, habiéndose dejado crecer la barba y el cabello. A partir de entonces, se tratase de lo que se tratase, ya fuera ante la asamblea del pueblo o ante el ejército, puso siempre y únicamente la divinidad de Drusila como testigo de sus juramentos. A sus restantes hermanas no las amó con tanta pasión ni les tuvo la misma consideración, hasta el punto de obligarlas a prostituirse muy a menudo con sus amigos libertinos. Por ello, en el proceso instruido contra Emilio Lépido[47], pudo hacerlas condenar muy fácilmente, acusándolas de adúlteras y cómplices de las intrigas tramadas en contra de él. Y no sólo divulgó cartas manuscritas de todas ellas, investigadas en el proceso de traición y adulterio, sino que consagró también como exvotos a Marte Vengador tres espadas preparadas para su asesinato, junto con la correspondiente inscripción.


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