Vida de los doce Cesares

Vida de los doce Cesares

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XXV. No es fácil determinar si fue más infame el modo que tuvo de contraer sus distintos matrimonios, el de disolverlos o el de mantenerlos. Habiendo asistido el propio Calígula a la ceremonia de bodas el día que Livia Orestila se casaba con Cayo Pisón, ordenó que la novia fuese conducida a su palacio; a los pocos días la repudió y dos años después la condenó al destierro, porque le parecía que durante ese tiempo había vuelto a mantener relaciones con su primer marido. Otros afirman que, habiendo sido Calígula invitado al banquete nupcial, amonestó a Pisón, que se hallaba situado frente a él, diciéndole: «Deja de manosear a mi mujer» y, a continuación, se la llevó del banquete, proclamando al día siguiente en un edicto que había encontrado esposa, siguiendo el ejemplo de Rómulo y Augusto[48]. En cierta ocasión se comentó que la abuela de Lolia Paulina —casada esta última con el ex cónsul Cayo Memio, jefe del ejército—, había sido la mujer más hermosa de su tiempo. Calígula hizo venir a Lolia de la provincia y, haciendo que el propio marido se la cediese, se casó con ella, repudiándola poco después, con la prohibición de mantener en adelante relaciones sexuales con nadie. A Cesonia, una mujer ni de eximia belleza ni de lozana juventud, pues ya había tenido tres hijos de otro hombre, pero de desenfrenada lujuria y lascivia, la amó con tan ardiente pasión y constancia que acostumbraba exhibirla ante los soldados, cabalgando junto a él revestida de clámide, escudo y yelmo, y, ante sus amigos, incluso completamente desnuda. No la honró, no obstante, con el nombre de esposa, hasta después de que hubo dado a luz, proclamándose en un mismo día marido de ella y padre de la niña que había parido. Puso a ésta el nombre de Julia Drusila y, después de visitar en su compañía todos los templos, la colocó en el regazo de Minerva y se la encomendó para su crecimiento y educación. Creía, además, que no había prueba más segura de que aquella niña era verdaderamente fruto de su semen que la crueldad que ya entonces poseía Drusila en tan alto grado que, con sus hostiles deditos, procuraba herir el rostro y los ojos de los niños que jugaban con ella.


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