Vida de los doce Cesares

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XXVI. Puede que carezca de importancia e interés añadir a estos hechos de qué forma trató a sus allegados y amigos, a Ptolomeo, hijo del rey Juba, primo hermano suyo —era, en efecto, un nieto de Marco Antonio, habido de su hija Selene—, y, sobre todo, a Macrón y a Ennia, quienes le habían ayudado a conseguir el Imperio. A todos ellos, a despecho de los vínculos de parentesco y de los favores que le habían prestado, les pagó con una sangrienta muerte. No fue más respetuoso o benigno con el Senado. A algunos senadores, que habían desempeñado las más altas magistraturas, les hizo correr a pie algunas millas junto a su carroza, vestidos con la toga; a otros, les hizo permanecer en pie, ceñidos con un delantal, junto al respaldo o a los pies de su diván, mientras él comía; a otros, después de hacerlos matar en secreto, continuó convocándolos al Senado, como si estuviesen vivos, fingiendo, a los pocos días, que se habían suicidado. A unos cónsules, que se habían olvidado de publicar un edicto informando de su aniversario, les destituyó de su cargo y durante tres días la República estuvo privada de la máxima autoridad. A un cuestor, que había sido delatado como integrante de una conspiración, lo hizo flagelar, después de desnudarlo y extender sus vestidos a los pies de los soldados, para que éstos se sintieran más firmes en el momento de azotarlo. A los demás estamentos sociales los trató con igual soberbia y crueldad. Incomodado por la algarabía de los ciudadanos que a media noche pretendían ocupar las localidades gratuitas del circo, hizo desalojarlos a todos a bastonazos. En el tumulto murieron aplastados más de veinte caballeros romanos, igual número de damas romanas e innumerable gente del pueblo. Durante las representaciones teatrales, a fin de buscar un motivo de pelea entre la plebe y los caballeros, distribuía con antelación los donativos para que las localidades propias del testamento ecuestre fueran ocupadas por la gente de ínfima condición. A veces, durante los juegos de gladiadores, cuando el sol quemaba más, hacía replegar los toldos y prohibía que nadie se marchara; en esos casos, cambiaba además la programación prevista y la sustituía por fieras macilentas, gladiadores de ínfima calidad, que se caían de viejos, y, en lugar de gladiadores especialistas en esgrima, reputados padres de familia, pero peculiares por algún defecto físico. También algunas veces, haciendo cerrar los graneros, castigó al pueblo con el hambre.


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