Vida de los doce Cesares

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XXVII. Puso también en total evidencia el perverso sadismo de su naturaleza mediante los siguientes hechos: como resultaban muy caras las cabezas de ganado que se habían de aprestar para alimentar a las fieras destinadas a los espectáculos, señaló a aquellos de los condenados que tenían que ser devorados por ellas; y, en una ocasión en que estaba inspeccionando las prisiones, sin estudiar siquiera el expediente judicial de ninguno de los detenidos, poniéndose simplemente de pie en mitad del pórtico, ordenó que, de la fila de presos, fuesen arrojados a las fieras «desde el calvo hasta el otro calvo»[49]. Exigió que cumpliera su promesa aquel ciudadano que prometió, a cambio de la salud del emperador, que lucharía como gladiador, y lo estuvo contemplando mientras peleaba con la espada y no lo perdonó, sino después de resultar vencedor y de muchas súplicas. A aquel otro que por la misma razón había prometido dar su vida, como vacilaba en cumplir su promesa, lo entregó a los niños, coronado de yerbas sagradas y con ínfulas[50], para que lo condujesen a través de los barrios de la ciudad, reclamándole el cumplimiento de su ofrecimiento, hasta que, finalmente, se le precipitase desde la roca Tarpeya[51]. A muchos ciudadanos del orden senatorial, después de hacerles grabar al fuego una marca infamante, los condenó a trabajar en las minas, en la reparación de carreteras o a ser arrojados a las fieras; a otros los encerró en jaulas, a cuatro patas, como si fueran bestias, o los aserró por en medio; y no todos ellos a causa de delitos graves, sino por haber criticado los juegos que había ofrecido o no haber jurado nunca por su genio. Obligaba a los padres a estar presentes en el suplicio de sus hijos; a uno de ellos, que se excusaba por estar enfermo, le envió su litera y, a otro, cuando acababa de presenciar la ejecución de su hijo, lo hizo asistir a un banquete y, con toda clase de bromas, le provocaba a que se riera y contara chistes. A un intendente de juegos y cacerías le hizo azotar con cadenas en su presencia durante muchos días seguidos y no ordenó darle muerte hasta que se sintió molesto por el olor de su cerebro ya en putrefacción. A un autor de una comedia atelana[52] lo hizo quemar en medio de la arena del circo, a causa de un verso de ambigua ironía. A un caballero romano que había hecho arrojar a las fieras, como se proclamaba inocente, lo hizo sacar de allí, le cortó la lengua y lo volvió a arrojar a la arena.


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