Vida de los doce Cesares
Vida de los doce Cesares XXVI. Durante esos mismos años perdió en primer lugar a su madre, luego a su hija y no mucho después a su nieto. Entre esos acontecimientos, consternada la República por el asesinato de Publio Clodio y habiendo decidido el Senado designar cónsul único a Cneo Pompeyo, acordó César con los tribunos de la plebe, que le querían proponer como colega de Pompeyo, que, en vez de eso, propusieron en la asamblea del pueblo una ley por la que, aun estando ausente, cuando se acercase el momento de cesar en su mando se le aceptara la candidatura a un segundo consulado, para que no tuviera, por ese motivo, que abandonar prematuramente la provincia y una guerra todavía sin concluir. Una vez conseguido su propósito, con el pensamiento ya en proyectos de más envergadura y lleno de esperanza, no escatimó para con nadie dádivas y favores de toda especie, tanto a título personal, como en nombre del Estado. Con el dinero procedente de su parte en el botín de guerra comenzó a construir un foro, cuyo solar le costó más de cien millones de sestercios. En memoria de su hija prometió un combate de gladiadores y un banquete para el pueblo, lo cual nadie había hecho antes. Y para que la expectación fuese máxima, en todo aquello que se refería a la preparación del banquete, aunque ya tenía contratados para ello profesionales de la alimentación, hizo que se elaborase también en su propia casa. Dio orden de que se llevasen a la fuerza y reservasen para la ocasión a los gladiadores famosos, si luchaban en alguna parte en que el público se mostrase hostil con ellos[31]. Hizo que los aprendices fueran adiestrados, no en la palestra ni por maestros profesionales, sino en casas particulares por caballeros romanos e incluso por senadores expertos en el manejo de las armas, rogándoles encarecidamente, como se demuestra por sus cartas, que se encargaran del adiestramiento individual de cada uno de ellos y que ellos, personalmente, los ejercitaran durante su instrucción. Duplicó a perpetuidad el sueldo de las legiones. En cuanto al trigo, siempre que había abundancia de él, lo repartía igualmente sin límite ni medida y, en ocasiones, regaló a cada soldado un esclavo procedente del botín de guerra.