Vida de los doce Cesares

Vida de los doce Cesares

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XXXIX. Como también en la Galia había vendido a precios fabulosos las joyas, enseres, mobiliario y hasta los esclavos y libertos de sus hermanas que habían sido condenadas, ávido de lucro, llevó allí desde Roma todos los utensilios de su antiguo palacio, confiscando, para transportarlos, todos los vehículos de alquiler y los jumentos de las tahonas, hasta el punto de que llegó a faltar el pan en Roma y muchos litigantes perdieron el pleito, por estar ausentes de la ciudad y no haber podido presentarse ante el juez el día de su citación. Para vender todos esos objetos empleó también toda clase de engaños y artimañas, ya increpando a algunos por su avaricia y por no darles vergüenza ser ellos más ricos que él, ya simulando arrepentirse de que, objetos tan valiosos que habían pertenecido a los príncipes, se ofreciesen a simples particulares. Había averiguado que cierto rico personaje de provincias había entregado doscientos mil sestercios a sus secretarios para que le incluyesen indebidamente entre los invitados a uno de sus banquetes, y no le pareció mal que hubiese tasado tan alto el honor de estar a su mesa. Así pues, al día siguiente, cuando este individuo estaba sentado presenciando la subasta, le envió un esclavo para que le adjudicara no sé qué bagatela a cambio de doscientos mil sestercios más y le comunicase que por invitación personal de César cenaría con él aquella noche.


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