Vida de los doce Cesares

Vida de los doce Cesares

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XXXVIII. Arruinado, por tanto, y necesitado de dinero, se dedicó a robarlo, empleando los más sofisticados y variados géneros de calumnias, subastas e impuestos. Negaba que tuviesen derecho a la ciudadanía romana aquellos ciudadanos cuyos padres la habían obtenido para sí mismos y para sus descendientes, a no ser que fueran los hijos, pues decía que no debía entenderse «descendientes» más allá de este grado de parentesco y, cuando se le mostraban los correspondientes certificados, extendidos por el divino Julio o el divino Augusto, los rechazaba de un plumazo como caducados y obsoletos. Denunciaba como irregulares las declaraciones de fortuna personal hechas en el censo, cuando posteriormente, por cualquier motivo, se había producido un incremento de patrimonio. Anuló, so pretexto de ingratitud, los testamentos de todos los primipilos, emitidos desde el inicio del Principado de Tiberio, en los que no se hubiese designado como herederos a éste o a él mismo. Anuló también, como inválidos y sin efecto, los de los demás ciudadanos, cualesquiera que fuesen, con tal de que alguien manifestase que, al morir, habían tenido intención de instituir heredero a César. Así pues, después de que, invadidos por el pánico, personas desconocidas lo nombrasen coheredero como si fuera un familiar, e incluso algunos padres como si fuera uno de sus hijos, Calígula los acusaba de mofarse de él, puesto que, tras haberle nombrado heredero, seguían viviendo, y envió a muchos de ellos pasteles envenenados. En estos asuntos instruía personalmente el proceso, fijando primero el importe que deseaba obtener y, una vez conseguido, levantaba la sesión. Como no soportaba la más mínima dilación, en cierta ocasión condenó en una sola sentencia a más de cuarenta acusados de diferentes delitos y, despertando a Cesonia, se jactó de lo mucho que había trabajado mientras ella hacía la siesta. En una subasta organizada por él, expuso y vendió el sobrante de todos los espectáculos, fijando él mismo los precios y haciéndolos subir hasta tales extremos que algunos ciudadanos, obligados a comprar algunos objetos a un precio exorbitante, se cortaron las venas por haber quedado arruinados. Es de todos conocido que un día que Aponio Saturnino se había quedado dormido en su asiento, advirtió Cayo al heraldo que no pasara por alto a aquel ex pretor que con la cabeza hacía tantos gestos afirmativos y no se puso fin a la subasta hasta haberle sido adjudicados trece gladiadores por nueve millones de sestercios, sin que él se hubiese enterado de nada.


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