Vida de los doce Cesares
Vida de los doce Cesares XXXVII. Superó con sus despilfarros la imaginación de todos los manirrotos existentes hasta entonces: ideó nuevas clases de baños y los más sofisticados manjares y banquetes, como bañarse con perfumes, tanto calientes como fríos, beberse costosísimas perlas, disueltas en vinagre, y servir a sus comensales panes y viandas hechos de oro, repitiendo con frecuencia que un hombre, o tenía que ser frugal, o ser emperador. Más aún, desde el techo de la basílica Julia hizo llover sobre el pueblo durante varios días una notable cantidad de dinero en monedas. También hizo construir navíos de guerra con diez líneas de remos, con las popas tachonadas de piedras preciosas, con velas de diferentes colores, dotados de espaciosas termas, pórticos y comedores y con gran variedad de vides y de árboles frutales. En estas naves se entregaba desde el alba a sus festines, navegando por las aguas de Campania entre danzas y música. En la construcción de sus palacios y villas de recreo nada anhelaba tanto, dejando de lado cualquier razonamiento, como llevar a cabo todo aquello que le decían que era irrealizable. Y así se pusieron diques al mar bravío y profundo, se perforaron rocas de durísimo sílex, se igualaron, acopiando tierra, las llanuras con las montañas y se allanaron, excavándolas, las cimas de los montes. Y todo ello con increíble rapidez, pues los culpables de cualquier retraso lo pagaban con su cabeza. Y, en suma, para no hacerme prolijo en exceso, en menos de un año había dilapidado inmensas riquezas y toda la fortuna de Tiberio César, valorada en dos mil setecientos millones de sestercios.